En Brasil

Ahora que vivo en Yucatán quisiera tener la vida para al menos vivir 10 años y esperar que seas adolescente y que Ileana tenga tu misma edad.

Ahora estoy en Brasil, en la ciudad de Sao Paulo. Se celebra el día del padre y yo escribo para ustedes acostado en la cama en silencio. He dejado la ventana abierta un poco para que entre la poca luz del sol. Por las ventanas se ven los edificios altos, el sonido de la ciudad apenas llega y algunas aves cantan cerca de la ventana.

Así es Brasil, hoy estamos en invierno.

Sé que no te he contado mi vida, a veces he fallado en comunicártela. Quisiera que entendieras y supieras que alguna vez fui un niño. Me encantaba subirme a los árboles, correr al aire libre, jugar canicas y reír todos los días.

Tu abuelito, mi papa, siempre estaba en la escuela. Recuerdo mucho más cosas de esta época. A veces ciertos días había tormentas que ennegrecían el cielo por varias horas. Recuerdo la luz de un rayo por la ventana, el estruendo que hizo tan cerca de mí, Norka tu tía me jaló hacía atrás.

En la escuela doña chona vendía tortas de jamón, de telera con una rebanada de cebolla y un sabor que en perseguido en mi vida pero no he podido encontrar. Mientras la maestra daba clases yo jugaba con los lápices, eran naves que me llevaban a lugares lejanos.

San Rafael fue un lugar donde fue muy lindo estar ahí. He sentido a lo largo de los años que ahí realmente fui un niño.

A veces corríamos entre los plátanos y jugábamos sin preocupaciones. Con unas ligas recorríamos los platanares buscando libélulas. En agosto las lluvias inundaban el patio y algunos días podíamos salir a caminar con botas de hule y el agua a 5 cm de altura. Era un patio lleno de agua de principio a fin. Era un patio lleno de sol y nubes en el piso, de agua transparente que permitía ver.

Si Ileana, también me hubiese gustado que estuvieras ahí. Sería mágico poder jugar contigo y brincar en el agua. Adrián seguramente correría saltando sobre el agua lleno de felicidad.

De esta casa recuerdo mi primer muerto. Mi abuelito murió dormido en el canapé. Recuerdo vagamente su figura dormida. Tendría unos seis años. Abuelo ¿en el cielo podré a volver a jugar contigo?¿pero no me regañarás, verdad? Solo quería acompañarte ¿Querrás jugar con mis hijos Abuelo? Tal vez yo pueda ser pequeño de nuevo y jugaremos juntos.

Enfrente de la casa teníamos un almendro y sobre la banqueta aterrizaban sus pequeñas flores que con sus antenitas parecían diminutas naves. Me encantaba jugar con ellas. Armaba tubos desde donde tirar las canicas, con maderas y el dominó del abuelo. La ficha que más me gustaban incluían el numero 5, pero no el cuatro, tampoco el tres.

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