Jugando canicas

CanicasTodavía conservo guardadas por ahí algunos de mis tesoros más grandes de la niñez. Cada año al llegar a casa me gusta explorar, revisar mis antiguos libros, caminar por el patio y recorrer sus árboles. Se que arriba del ropero aún existe la lata con hermosas canicas. Están ahí. No recuerdo cuantas llegué a tener, bastantes tal vez. Las canicas han sido parte de cada niño en México. Son divertidas, misteriosas y se puede quererlas. Hay de acero, de barro y de cristal.

Me encantaban aquellas que en medio del cristal limpio y claro mostraban colores iridiscentes con formas extrañas. Cada canica tenía su propio universo dentro, algunos universos de color azul intenso, otros de colores naranjas y verdes. Sutiles líneas que acaparan la atención de los niños.

Todos y cada uno de los niños que conocí tenían su canica preferida. La que era intocable y jamás se atrevieron a apostarla en un juego.

Comenzaba el juego con una raya al que todos debíamos lanzar nuestras canicas para definir el orden del juego, el más cercano a la raya tiraría primero. Formando un triangulo, escarbábamos 3 agujeros en la tierra separados por unos 2 o 3 metros. Lo primero es lo primero, cada uno de nosotros debía recorrer con la canica los 3 agujeros en cierto orden. No se permitía en ese momento darle con nuestras canicas a las otras canicas. Solo hasta después de recorrer los 3 agujeros era permitido. Una vez que esto ocurría y le pegabas a la canica de tu compañero entonces el perdía y salía del juego. Tirar la canica con tiro y precisión era algo requerido en este juego.

El momento mágico ocurría al terminar el juego: cobrar o pagar el premio.

La apuesta podía de ser 1, 2 o más canicas. Pero debías tener cuidado, tu compañero no debería saber jamás de la existencia de tus preferidas, para esto a veces las canicas feas las ponías en el bolsillo izquierdo y las más bonitas en el otro. Si por error te descubrían era una tragedia. Las negociaciones podían durar a veces media hora o toda una tarde. Algunas veces estabas dispuesto a pagar 2, 5 o 10 canicas de más para no perder tu apreciado tesoro.

Muchas canicas cambiaron de manos, muchas de ellas las perdí, las preferidas de otros niños pasaron a mis manos y viceversa.

Creo que como muchos otros hombres en el planeta aún me puedo maravillar al encontrar una canica en el suelo. La miro y observo, si es hermosa la guardo en mi bolsillo. Creo es una costumbre que nunca podré perder.

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10 comentarios en “Jugando canicas

  1. Los juegos no son lo de antes a mi me gustaba jugar yo-yo era “vaga” jeje, patineta que luego se transformo en surf.

    Esos recuerdos de nuestra niñez, nunca fui buena en las canicas, pero si me gustaba comprar había unas preciosas, las yucas más grandes que las normales, recordar es volver a vivir.

  2. Hola Ciudad de París,

    Ya lo puedo imaginar, mi bolsillo lleno de pensamientos felices. Gracias Ciudad de París por tus comentarios. Siéntete como en casa.

    Saludos.

  3. Que buen recuerdo, yo siempre conseguia las de metal, para poder ganar mas facilmente, el problema es que aveces rompian las de vidrio. 🙂

  4. Eran las mejores, les llamabamos “bombos” y sí, pobre de aquel que se atreviera a jugar sin “bombos”, acababa con las canicas destrozadas.

    Saludos

  5. canicas…me encantan!!…siempre han sido una debilidad, las canicas y las tuercas… aún tengo tropecientas en botes, cajones, bolsillos…me cuesta desprenderme de ellas casi tanto como cuando las perdía jugando…
    …bombos? bolas de acero que destrozaban las de vidrio?? pero eso es una pesadilla!! jajaj qué clase de juego perverso era ese? :oPPP

  6. y puedes creer que además había “bombos” chiquitos y “bombos” grandotes. Uno de mis amigos tenía uno gigante, era una salvajada, nadie quería jugar con el.

    pero como nos divertimos.

    Saludos

  7. Hola, felicidades por tu pàgina.

    Me puedes decir ¿como se le llaman a las canicas transparentes de colores muy vivos?

    Saludos

¿y tú que piensas?

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