Me he dado cuenta que a veces escribo en este blog cuando me siento triste. Y el blog se vuelve pesimista, un poco vacío y lleno de soledad.

No hay nada por hacer, a veces me siento triste. Tal vez sucede cuando he perdido algo, esta vez he perdido demasiado y me siente así.

Pero esta vez ha sucedido algo que nunca me lo esperé. Tal vez sean los 14 años que viví fuera que me llevaron a olvidar.

El abrazo de mi madre mientras lloraba conmigo y me decía.

— No estás solo hijito, no estás solo.

Diciembre de 2003

Hace tanto tiempo que no pisaba el pueblo. Me trae tantos recuerdos. Ayer por primera vez en 6 años lo pisé con la planta del pié, esto es con confianza y confidencia.

Me trae tantos recuerdos, muchos recuerdos. Quise venirme en camión aunque pude tomar el auto de mi hermano. Así, de esta forma recorrí el camino que muchas veces tomé cuando era joven para venir a casa.

Me gustó el aroma de tierra mojada y humo al bajarme en la terminal. Ayer como muchas otras veces tomé un triciclo para que me trajera a casa.

Era la primera vez en muchos años. Recorrí esas calles con amor y muchos pensamientos en mi mente. Saboree cada metro que recorrió el triciclo.

Tenía tantas ansias de preguntar que había pasado durante estos largos años de mi ausencia.

Llegar a casa, llegar al hogar después de tantos años recorridos, tantos errores, muchas derrotas y muchos triunfos.

Es navidad, así que la casa tenía foquitos de navidad.

Entrar, ver mi casa, esta casa que fue mi fuerte por 15 años, aquí donde crecí, me enamoré por primera vez, aprendí a respetar la vida, a cultivar la tierra.

Buscando al lado de los discos encontré el álbum de fotografías que usaba para mi colección de timbres. Tenía recortes de cuando probablemente tenía 14 años, eso hace ya 19 años

Como pasa el tiempo.

Ahora estoy casado, tengo un niñito maravilloso. Me encanta levantarme en las mañanas y abrazarlo, llenarlo de besos y abrazos, mimarlo y quererlo. Está chimuelo, su diente se ha picado y el dentista le quitado los dientes del frente, un vampirito. Mi pequeñito, te quiero mucho.

Saboree cada minuto que paso antes de llegar las 8 de la noche, recordando el ritual….a las ocho se sale. Camine por esta calle maravillosa como lo hice muchas otras veces…cientos de veces…llegar a la esquina y respirar. Caminar otra cuadra y llegar a la casa abandonada donde en un septiembre de 1994 camine por ultima vez en mucho tiempo y tire mis llaves, renunciando a todo y dispuesto a partir, con lagrimas en los ojos.

Mirar esa casa antigua, respirar ese olor a tierra mojada, a Yucatán. Media cuadra antes vivía una familia muy pobre, de la que siempre envidié sus sonrisas.

Cuantas veces caminé sobre esta calle con mi soledad a cuestas y rodeado de estrellas. Con el corazón lleno de esperanza, los ojos llenos de lagrimas, mi mente llena de sueños y varias veces el corazón roto.

Salir en la noche fue emocionante, pero regresé triste, acongojado y reflexivo.

Todas esas fotografías que tenía en mi mente se han borrado, he visto muchos cabellos blancos. Gente y rostros conocidos con la edad encima, con el pelo blanco.

La culebra no existe más, así que me senté en la esquina del parque enfrente de la casa derrumbada de 2 pisos. Ahí donde estaba el billar que hace mucho tiempo dejó de existir.

Vi muchos rostros nuevo, gente fresca. Alguien paso de vender en su cajita chicles a tener un triciclo. Ahora vende chicles en la esquina del parque.

No reconocí ningún rostro de mis amigos esa noche. Aun cuando fui a casa de uno de ellos, no estaba, me abrió su esposa, era una niña.

Fui a misa. Me encontré a Mario pero aun cuando convivimos 2 o 3 años no se me antojó platicar con el. Me decía que tomáramos unas cervezas pero con en aquellos últimos años a quién se le antojaba quedarse a tomar cervezas encerrado y dejar pasar la oportunidad maravillosa de reconocer un rostro.

Cuando ya no pude más a las 10 de la noche, regrese camino a casa…ahora las estrellas se notaban más.

De las cosas que mas recuerdo de son las llegadas a casa después de una noche de fiesta. Tener que caminar bajo la oscura noche. A veces me daba miedo caminar, había mucho silencio, a veces mucho frio, muchas veces los perros aullaron.

Es de noche y me he acostado, como siempre, baile hasta la madrugada. La musica de fiesta no me dejará dormir.

Hoy me levante con muchos planes pero los principales los he pospuesto. Desayune pan con café y un sándwich de Jamón. Papá se ha comprado un refrigerador nuevo, la casa está muy limpia eso me da mucho gusto. Quiere decir que la autoestima de papa es alta. Aun cuando vive solo, la ha arreglado muy bien. Aproveché la bicicleta para ir a pasear, no sin antes arreglar la llanta, le puse una nueva ya que la que tenia estaba muy gastada y compré una nueva bomba de aire.

Pedalee hasta la secundaria y seguí de largo, mi sorpresa fue grande cuando me tope una escuela ahí donde antes era puro monte. Seguí unos 10000 metros y me detuve a comer una toronja que me vendió Don Pedro. Don Pedro era el señor que pasaba y nos vendía naranjas, me reconoció y me pregunto por mi Mamá y mis hermanas, por la familia.

Que vacio de calor humano sentí en ese momento.

Sabes pequeña princesa, he cometido un error.

He tratado de esconder esta bitácora del mundo. si yo la escondo como la podrán encontrar cuando yo muera. Como podrán saber lo que pensaba y lo que sentía algunas veces.

Hoy te he pedido con lagrimas en los ojos que me dieras un abrazo. Que rodearas con tus pequeñitas manos mi cuello y me dieras un beso.

Te he prometido una corona y tus ojitos han brillado mucho.

Algún día pequeñitas manos tendrás quince años y bailarás conmigo.

Ahora corres de aquí para allá dando saltos que si nó brincos. Y ríes mucho.

Sabes a veces tengo el temor de no existir de repente, pero eso nunca me ha desfallecido. Siempre habrá una mañana diferente, un diferente amanecer. Quiéreme mucho pequeña, acurrúcate en mi pecho y déjame cantarte una canción mi niña. Mira el cielo, hay muchas estrellas, el viento sopla un poco ¿tienes frío?

Ven, déjame abrazarte. Y duerme que Papá siempre velará por ti.

Managua

Hay cosas que no entiendo, que no puedo comprender.

Me ha encantado Nicaragua, su gente se ha portado de maravilla conmigo. Se esmeran en hacerte sentir como en casa y no puedo más que agradecerles. Todos los días un chofer de la compañía a la que le dí un curso me recogía para llevarme a la oficina o de regreso al hotel. Cada uno de ellos tenía un estilo diferente, el señor que ha crecido el pueblo con el que se puede discutir la mejor comida de Nicaragua o los mejores quesos, el joven demasiado ocupado para platicar y el que no puedo definir porqué.

Este último siempre platicaba de cosas trascendentes.

— Recuerdo cuando salió Windows, uno no podía entenderlo…— me decía mientras me 
me daba una cátedra de como eran aquellos tiempos que pocas gentes en el medio me han dado.

Así me enteré que fue a la universidad.

—¿Qué tal México? ¿Ahí está bien gacho, nó? Pura matazón — me decía —, yo no cambiaria Nicaragua por nada y eso que estado en varios países, estuve de mojado en Estados Unidos, en México varias veces, en Brasil, en Venezuela…en México te ponen la pistola en la cabeza en medio de la gente como en El Salvador o Guatemala y ni quién diga nada.

Así me daba mi primer baño de agua fría al llegar a Nicaragua y me obligaba a platicar toda la violencia que ocurre en mi país. Ahí aprendí que México era más peligroso y que podía caminar tranquilo. Que como en todos los países había lugares sagrados que uno nunca debía pisar.

Platicamos de muchas cosas.

— Aquí en Nicaragua tenemos un dicho “México para los mexicanos” y lo usamos en muchas situaciones ¿Qué hay de verdad en ese dicho? Muchos dicen que los Mexicanos no soportan a la gente de otros países…
—No, para nada, en lo absoluto. Tengo muchos amigos de otros países que viven en México muy tranquilos  — le decía recordando a toda la gente maravillosa que he conocido a lo largo de los años pero 5 minutos después venían a mi mente todos esos reportajes de mojados muertos en la vía del tren o de los asaltos que sufren.
— Á mi hermano lo rescató una familia en México, se fue de mojado y en el camino una familia le dio vestido, comida y un lugar para dormir. Siempre que he ido a México he querido encontrarlos pero no he podido, me hubiese gustado mucho fraternizar con ellos, acercar los lazos …
—¿Cómo…?
— Uno en el ejercito aprende muchas cosas, entre ellas a valorar la vida.

Y mientras me dice esto no puedo evitar preguntar si estuvo en la guerra, si fue soldado.

Su semblante cambia, se torna mucho muy serio. Su mirada se pierde a lo lejos y guarda silencio un momento

—Me reclutaron, me tocó el servicio militar, fuimos 5 hermanos que entramos al mismo tiempo. A mi Papá lo asesinaron allá en la sierra los otros. Uno en el ejercito aprende a combatir y disparar, a matar por que si no los del otro lado te matarán. Uno aprende a quererse a sí mismo a apreciar la vida—dice con un silencio que al final dá la conversación por terminada.

En la tarde de ese mismo día uno de los asistentes al curso me decía.

—  Fue algo terrible, balas por todos lados, en la casa poníamos los colchones por las ventanas. No podías salir, soldados por todas partes, todo de color verde.
— Pero entonces si no podían salir, como le hacía para comprar comida.
— Sé que te sonará terrible, pero una vez tuvimos que comer arroz con gusanos.
— Es difícil imaginar — le contesté tratando de ser lo más respetuoso posible.
— Llegó un momento en el que tienes que abandonar todo y salir. Dejar todo lo que posees e huir, venía la guardia y si te quedabas te mataban.

Y me ha dejado pensando. A veces uno pensaría que puede comprender todo pero no es así. La guerra, la maldita guerra que aniquila todo, que carcome la humanidad. Que corrompe y que destruye. ¿Quién te ha dicho que es fácil entender todo viendo simplemente las noticias?

Y he regresado a México pensando. Managua ha sido una grata experiencia de conocer, su comida, las empanadas de maduro y el queso frito no tienen comparación. Pero hay algo que me pesa, que me corroe: “México para los mexicanos”. Es esa incertidumbre de quién sabrá la verdad.

fotos-atractivos1

Cada fin de semana religiosamente al llegar el sábado nos íbamos a Oxcutzcab. A veces por cualquier medio posible, a veces nos parábamos en la esquina de la michoacana a pedir raid.

Recuerdo perfectamente cuando una vez pasó un camión blanco de redilas y le pedimos raid. El chofer se paró y nos gritó «¡Súbanse!»

Había llevado vacas. Así que nos fuimos en un camión lleno de mierda y de puntitas para no pisar parejo.

Aun me recuerdo ahí, tomado de las redilas con el viento en el rostro, en la oscura noche rumbo a Oxcutzcab en tal vez una noche fresca de verano. Miguel con las 2 manos se agarraba el pelo «…voy a despeinarme»

A veces éramos 2, a veces cinco, a veces 10 o tal vez más.

¿Qué año era? Tal vez 1988. Empecé a ir en 1984 cuando estudiaba segundo de prepa y tendría 14 años. La última vez que fui fue en agosto 1994. No puedo creer ¡fueron 10 años!

Si a algún lugar le debo algo en mi vida, es a este lugar. 10 años de fiestas y de ver salir el sol.

Durante esos 10 años religiosamente creo asistimos a todos las fiestas de 15 años, la consigna era «no me dijeron que no vaya». Sabíamos como entrar, eramos todos unos expertos. Algunas veces creo nos fuimos a quejar con la quinceañera quesque por que “no habían dejado entrar a alguien”

Claro está, nó nos habían invitado.

El fín de semana pasado Miguel me recordaba la vez que acaparamos las aguas de toda la fiesta y el papá de la quinceañera nos fué a pedir un agua. Aaay, me moría de risa.

Ese día a Rangel nos los llevamos como trapeador.

— ¿cuantas botellas ya tomamos Rangel?
— maaare —mirando abajo de la mesa— creo que un chingo…Desmayo 
— Rangel, Rangel…
— No responde, creo que ya está pedo.

Fueron los primeros bailes.

image aunque alguna vez habrá que explicar la teoría de bailar en línea.

Se lo que es regresar a la 1 de la mañana, corriendo, cantando y empujando un coche por todo el camino de regreso por 16 kilómetros. Nada que un cartón y mil bromas a las 4 de la mañana no pudieran derrotar. Ese día no sé por qué motivo no le pusimos gasolina al auto (no le pusimos, kimosabi) a las 4 de la mañana no hay gasolineras.

Gracias a eso es una de esas grandes madrugadas que mejor recuerdo.

Habrá que hacerle un monumento al “mango”.

Hará unas 3 semanas finalmente he paseado de nuevo por sus calles un poco. Están llenas de recuerdos.

Hoy me duele un resto la garganta de reírme tanto. Rayos, no puedo creer a veces que hiciéramos tantas barbaridades cuando éramos jóvenes. Lástima que no pudimos ir a la feria de la naranja, ya será otro día.

A veces olvido fácilmente.

Sirva este post para darles gracias a todos esos grandes amigos que saben lo que es reír a altas horas de la madrugada. Que saben compartir la alegría o la tristeza. Que saben llegar, sentarse a tu lado en silencio.

Mi esposa me decía alguna vez «así te veré alguna vez, viejito, sentado con tus amigos platicando» y honestamente me costaba mucho trabajo verme así.

Ahora que estoy de regreso y vuelvo a compartir la mesa con ellos descubro que será así. Por primera vez en muchos años sé quienes estarán ahí sentados a mi lado en la vejez, sé quienes irán a los funerales cuando alguno de nosotros muera y se que recordaremos con risas aquellos momentos que pasamos juntos.

Descubro que gran parte de lo que soy ahora se lo debo a ellos. Compartieron su alegría conmigo todos los días y azuzaron en mí el valor y el coraje para salir siempre adelante. Ahora a mi edad puedo reconocer el valor que tiene caminar unidos de un abrazo, nadie puede caer mientras lo sostienen los demás.

Siempre estuvieron ahí, me duele pensar que los olvidé.

Mil gracias a todos: Miguel, Willy, Rangel, Rubén, Jorge, Cesar, Francis. También a Sinsi, Aaron, Pei, Motor, y Pomo. También los que me faltaron.

Mil gracias por esos días que juntos vimos ver salir el sol.

unoscvs  

Llovió toda la noche y hoy por la mañana hay un poco de bruma. Hay una pequeña ardilla sobre el tronco de un árbol buscando comida. Corre de aquí para allá con pequeños saltitos y se lleva algo a la boca.

En alguna parte hay un gorrión.

Pero siempre me ha llamado pavorosamente la atención ese grosero graznido.

Que despierta, que no abandona, que cala bien hondo.

En Monterrey solo en el frio de algunas veces del año en algunos años los vi llegar.

Más negros que la noche y de mirada estática.

Cuervos

Es la segunda vez que escribo a no se cuentos pies de altura. Esta vez la capa de nubes era más ligera, casi transparente pero constante sobre la ciudad, también sobre la península. Es mas, no pude ver la costa. La mañana era fresca como lo suelen ser las noches en diciembre en Yucatán.

Siempre me he preguntado sentirá caminar por ese cielo lleno de nubes?. Sería como caminar en el agua, con los pies llenos de humo

¿se oirá silencio?

Ayer mientras preparaba la maleta sufría de nuevo de ese malestar llamado incertidumbre. No sé a donde voy, ni como será esta vez. Nuevas caras y nuevos rostros. Es esa incertidumbre que siento cada vez que salgo ¿pasará algo?¿seré yo?¿será mi familia?¿y si por x o y no regreso? trato de alejar esto de mi mente y pienso en las cuantas veces he estado afuera y lejos. No ha pasado nada a mayores. Solo es cosa tener cuidado y pensar muy bien donde se mete uno. La experiencia me ha enseñado a desconfiar incluso de las personas que con un mapa en la mano pareciendo estar perdidas no son lo que parecen.

No puedo quejarme de la vez pasada. Todos fueron amables. Tuve incluso mi primera comida de acción de gracias. Es grato compartir la mesa y escuchar anécdotas de las demás personas. Cómo romper nueces, dónde se pueden comprar los duraznos más sabrosos, la pasión por la jardinería que alguien tiene o(la falta de agua que llevó al racionamiento de esta en Atlanta (sucede en todas partes).

Como quiera no puedo dejar de abrazar a mis familia como si fuera tal vez la última vez.

No hay nadie despierto. Mi pequeño duerme en la cama tranquilo. Suspira en silencio. Descansa. Muchas veces me pregunto como será cuando sea grande ¿Sonreirá como lo hace ahora? ¿dormirá tranquilo? No lo sé. Es difícil saber, pensar en ese futuro incierto que la vida nos depara. Buscar y encontrar el camino, algunas veces a ciegas, otras veces lleno de luz.

Es difícil pensar. Mientras estoy recostado en la hamaca puedo escuchar ese murmullo nocturno, lleno de silencio y susurros y cantos de grillos allá afuera.

Es silencio, todo es silencio.

Poco a poco la vida se agota, he llenado mi mente como un costal de recuerdos. Algunos los he extraviado en el fondo. Los más preciados de ellos. A veces quisiera encontrar la inocencia de niño que llevaba conmigo, aquellos sueños felices.

Sí pequeño, es difícil de explicar.

A veces siento una incertidumbre sobre la vida que no puedo contar. Pero vive y sonríe pequeño, son solo eso, preocupaciones que como las tormentas se irán.

Sabes cuando era niño me encantaba jugar con el agua, brincar y caminar sobre ella. Brillaba y estaba llena de sol.

Me encantaba escuchar como hoy ese silencio nocturno, mirar el techo y escuchar como poco a poco la noche se iba. Silencio, todo era silencio. A veces un pequeño ruido en el rincón y por las mañanas pequeños halos de luz y el canto del gallo.

Al levantarme podía sentir ese olor a tierra, a hojas y a frio que la vida despierta.

Al entrar a la casa el humo de leña llenaba el hogar. La abuela desde muy temprano preparaba el desayuno. Había que sentarse sobre un pequeño banquillo y comer en una pequeña mesita. Es difícil explicar el sabor del café o chocolate caliente en una jícara o el sabor de un taco de huevo con manteca y tortilla recién hecha.

Centinela y el güero meneaban la cola y jugaban conmigo…

Es difícil explicar a veces los recuerdos de niño Pequeño, ahora todo eso se ha ido, se ha ido Pequeño.

AtardecerPescando

Me maravilla el viento que sobre las ramas corre, el azul de las aves, el ruido de las serpientes al moverse en el monte. El azul de cielo y la luz de las estrellas. El silencio que acompaña una larga caminata o el descubrir frutos de nuez en el suelo.

Me han pasado cosas maravillosas, regresar a casa y reencontrarse con un mismo da para contar mil historias. Están también los atardeceres que he disfrutado en esta tierra, algunas veces a la orilla del mar. Difícilmente en Monterrey uno puede manejar 40 kilómetros, bajarse del auto con una caña de pescar y montarse sobre las piedras sin ningún pendiente en la cabeza.

No puedo explicar la frescura del viento ni tampoco el brillo del agua. Tendrían que estar ahí.

Adrián ha crecido bastante, poco a poco empieza a dejar atrás el niño que siempre ha sido. Su mente se aviva y también se divierte conmigo. Pequeñitas manos ahora es bastante traviesa, es un encanto, un amor, mi adoración y a la vez una furia. Ahora siempre llevo conmigo un ring de lucha libre en el asiento trasero del auto.

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