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El viernes anterior se nos antojo ir a la playa. Todo iba bien hasta que divisamos unas nubes extrañas en el horizonte. Al irnos acercando fue haciéndose más claro lo que eran: langostas. Miles y miles de ellas volaban y brincaban por todas partes, sobre la carretera, sobre los árboles, por sobre las plantas. Los techos y paredes de las casas se veían de color negro. Todo, absolutamente todo estaba cubierto de insectos.

Aunque al principio nos pareció divertido y extraño, poco a poco se va descubriendo la tragedia. Los árboles después del paso de las langostas quedan sin hojas. Muchas familias en los patios de sus casas trataban con desesperación de ahuyentar esta plaga, proteger sus árboles frutales o sus matas de coco. Armados con ramas, alguna sabana o fuego intentaban correrlas de sus propiedades.

Era un espectáculo dantesco. Mangas gigantes de insectos por doquier, encima de los árboles, en el horizonte, de casa en casa.

Lamentablemente donde las vimos no es una zona donde se deba fumigar. Hay flamencos, lagartos, e infinidad de animales que pudieran ser afectados por un insecticida. Pero una cosa es lo que yo diga y otra la realidad. ¿Cómo se librarán de esta plaga? No lo sé.