Noviembre 2006


Bandera MexicoVa a ser un largo fin de semana. Corrijo, mañana va a ser un largo día. Estoy seguro que comenzará a las 00:00 horas que es cuando ocurre el cambio de poderes. Creo que como muchos mexicanos estaré al pendiente desde el primer minuto del día de cada acontecimiento.

Existe una ira generalizada en todo México, en muchas personas, en cada hogar. No solo existe ira, también cunde la frustración y la preocupación de ver como el PRD en su tan proclamada y miserable ansia de poder amenaza con llevarnos a todos los mexicanos entre las PATAS.

PATAS con letras mayúsculas por que eso es lo que son, unos animales.

El tratar de impedir que Calderón tome posesión desde mi punto de vista no sería otra cosa que un golpe de estado.

Todavía tengo frescos los lamentos de mucha gente, algunos compañeros míos, que vieron en el 2004 como sus casas recién adquiridas fueron a dar a la basura por una devaluación. Gente que perdió todo. Si el traspaso de poderes no ocurre, entonces la estabilidad de todos los mexicanos estará en riesgo. No solo la tranquilidad monetaria como en aquel entonces, si no la paz social, con mucha violencia. No digamos sangre.

Confío y estoy seguro que mañana se hará lo necesario para salvaguardar esa tranquilidad que nos merecemos todos y cada uno de los Mexicanos.

Por lo pronto veré el “reality show” de los diputados o “Big Brother Legislativo” (hasta que al fin el canal del congreso transmitirá algo interesante). Quiero enterarme de primera mano de las situaciones vergonzosas que mañana recorrerán el mundo.

Esperemos que mañana en la noche podamos todos dormir en paz.

 

CanicasTodavía conservo guardadas por ahí algunos de mis tesoros más grandes de la niñez. Cada año al llegar a casa me gusta explorar, revisar mis antiguos libros, caminar por el patio y recorrer sus árboles. Se que arriba del ropero aún existe la lata con hermosas canicas. Están ahí. No recuerdo cuantas llegué a tener, bastantes tal vez. Las canicas han sido parte de cada niño en México. Son divertidas, misteriosas y se puede quererlas. Hay de acero, de barro y de cristal.

Me encantaban aquellas que en medio del cristal limpio y claro mostraban colores iridiscentes con formas extrañas. Cada canica tenía su propio universo dentro, algunos universos de color azul intenso, otros de colores naranjas y verdes. Sutiles líneas que acaparan la atención de los niños.

Todos y cada uno de los niños que conocí tenían su canica preferida. La que era intocable y jamás se atrevieron a apostarla en un juego.

Comenzaba el juego con una raya al que todos debíamos lanzar nuestras canicas para definir el orden del juego, el más cercano a la raya tiraría primero. Formando un triangulo, escarbábamos 3 agujeros en la tierra separados por unos 2 o 3 metros. Lo primero es lo primero, cada uno de nosotros debía recorrer con la canica los 3 agujeros en cierto orden. No se permitía en ese momento darle con nuestras canicas a las otras canicas. Solo hasta después de recorrer los 3 agujeros era permitido. Una vez que esto ocurría y le pegabas a la canica de tu compañero entonces el perdía y salía del juego. Tirar la canica con tiro y precisión era algo requerido en este juego.

El momento mágico ocurría al terminar el juego: cobrar o pagar el premio.

La apuesta podía de ser 1, 2 o más canicas. Pero debías tener cuidado, tu compañero no debería saber jamás de la existencia de tus preferidas, para esto a veces las canicas feas las ponías en el bolsillo izquierdo y las más bonitas en el otro. Si por error te descubrían era una tragedia. Las negociaciones podían durar a veces media hora o toda una tarde. Algunas veces estabas dispuesto a pagar 2, 5 o 10 canicas de más para no perder tu apreciado tesoro.

Muchas canicas cambiaron de manos, muchas de ellas las perdí, las preferidas de otros niños pasaron a mis manos y viceversa.

Creo que como muchos otros hombres en el planeta aún me puedo maravillar al encontrar una canica en el suelo. La miro y observo, si es hermosa la guardo en mi bolsillo. Creo es una costumbre que nunca podré perder.

SmogMtyMientras vengo manejando sobre la avenida Lázaro Cárdenas miro a lo lejos y por mas esfuerzo no logro ver la parte de las montañas que marcan la entrada al Cañón de la Huasteca, Monterrey en estos momentos está cubierta por una nube de denso smog, tan denso que a lo lejos, no tan lejos, es imposible ver las montañas.

Cada año, esa nube se vuelve más densa, la ciudad se llena más y más de autos sin control, la población crece, la mancha urbana se extiende por sobre todas partes. La inseguridad crece, las ejecuciones entre narcotraficantes y de jefes policíacos están a la orden del día.

Hace unos pocos años me preguntaba cuanto años faltarían para que Monterrey igualara al Distrito Federal ( sin menoscabo para sus habitantes ), la respuesta creo la tengo hoy.

El monstruo ya está aquí.

Uno de los peores errores que he cometido en mi vida es decirle a mi pequeño que moriría algún día. Tonto de mi, trataba de explicarle a mi pequeño el ciclo de la vida; todo aquello que vive, muere, incluso los padres. Fue un mal ejemplo. Mi pequeño en aquel entonces tenía 4 años. Se lanzó a mis brazos y lloraba, ¿verdad que no te vas a morir Papito?¿verdad que no? Sin comprender aún mi gran error le decía: pequeñito, todos las personas mueren algún día, es algo natural. Mi pequeño lloraba y sus pequeños bracitos apretaban mi cuerpo.

Jamás me he arrepentido tanto de mis palabras.

Durante muchos días mi pequeño anduvo cabizbajo, a veces en el auto lloraba si motivo alguno. Al preguntarle que le pasaba, me contestaba que me iba a morir. Detenía el auto y lo abrazaba. Trataba de consolarlo con toda mi alma, le repetía una y otra vez que no era cierto, que lo que había dicho no era cierto, que nunca moriría, que estaría ahí para siempre, que lo cuidaría y lo llenaría de abrazos.

Fueron muchos día de sufrimiento, poco a poco con la ayuda de todos pudimos superar mi error.

Todavía cargo ese sentimiento de culpa. Han pasado tantos años que he olvidado el mundo mágico de los niños. Ese mundo donde no hay temores y todo se arregla con una sonrisa.

Yo me he atrevido a destruirlo.

Perdóname pequeñito, por que te he mentido. Los papás no mueren. Mientras eres pequeño estarán ahí, siempre a tu lado, listos para levantarte en cualquier caída. Jugaras y reirás con ellos. A la hora de dormir cuidaran tu sueño y podrás dormir en sus brazos. Poco a poco iras creciendo, tu serás mas alto, yo tendré más canas. Cada vez nos veremos menos. Partirás algún día no se a donde y construirás tu vida, y aún a lo lejos seguiremos contigo, en cada risa, en cada paso. Cuando camines por una senda solitaria bajo el bosque o lances una piedra al agua, sabrás que estamos ahí. Te casarás y formarás una familia, llegará el día que tengas un hijo con quien podrás jugar y cargar en brazos. ¿Cuándo morirán los padres? te preguntaras y solo en aquel entonces comprenderás la respuesta: nunca pequeñito, nunca.

OsoAprovechando el día festivo de ayer decidí llevar a mis pequeños a a caminar al parque “la estanzuela”. Un hermoso parque en medio del bosque a la salida de Monterrey.

Como esta vez tenía a mi pequeña decidí llevármela, mi esposa se quedó en casa, así que armé el asiento en la parte trasera del auto y metí a mis 2 pequeños. Fue una mañana agradable, pequeñitas manos estaba emocionada de dar sus primeros pasos en medio de la vegetación y de tantas mariposas. Mi pequeño esta vez un poco mayor aprovechaba para explorar el bosque y a menudo lo perdía de vista. Tengo que ser honesto, pero todavía no me acostumbro a perderlo de vista, sin embargo estaba tan ocupado con mi niña que únicamente atinaba a decir “ten cuidado”.

Caminamos un poco más adentro y nos detuvimos como siempre en el arroyo. La combinación de un arroyo y piedras en la orilla es irresistible, así que aprovechamos los 3 para tirar piedras al arrollo durante unos 20 minutos.

Caminamos bastante.

Ya de regreso, tuvimos que hacer un alto en el camino en la pequeña área de juegos, un pequeño claro en el bosque de unos 30 metros de ancho y 40 de largo a la orilla del camino. Había unos 10 niños jugando, mientras corrían de un lado a otro y brincaban, me entretuve leyendo un letrero que alertaba de la presencia de osos en el parque.

“No se les acerque, no les dé de comer, no les arroje objetos, aléjese de inmediato del lugar”

Era un letrero bastante temerario, que no terminaba de leer cuando los gritos de los niños anunciaban: ¡un oso, un oso!. A la orilla del área de juegos caminaba placidamente un oso tal vez del tamaño de un perro, bueno un perro bastante grande, demasiado grande. Los niños gritaban, mi pequeño entre ellos, la distancia entre ellos y el oso sería de unos 40 metros. Le grité a mi pequeño que se uniera a mí, el se resistía debido a la curiosidad. En ese momento pensaba que haría si a alguien se le ocurriera lanzarle una piedra y el oso se decidiera atacar a los niños. Mi temor crecía, así que a regañadientes saqué a mi pequeño y nos dirigimos a la salida.

Caminamos aún 1 kilómetro por la senda solitaria antes de llegar a la salida, fueron unos largos minutos de pensar: ¿y si el oso se nos hubiera aparecido en el camino?¿y si se le hubiera aparecido mientras el caminaba solo? ¿y si se nos aparece ahorita?

La cuidadores del parque únicamente me atinaron a decir: “bajan a menudo, lo que pasa que arriba se les ha acabado la comida”. Recordé a las familias que emocionadas se habían quedado a ver el oso y lo filmaban mientras gritaban de alegría.

Hasta que no ocurra un accidente, pensaba.

Mi pequeño lo vio todo más simple: “te haces el muerto, y el oso no te ataca”. Como envidié su mente.

Es de noche ya y duermes sobre mis brazos. La canción que te he cantado te ha arrullado, te has quedado en silencio, quieta sobre mi pecho. Ahora duermes tranquila y puedo acariciar tu pelo, mirar tu rostro.

Estás cansada, tal vez ha sido un día pesado. Hoy has explorado el mundo y vencido tus miedos. Poco a poco has recorrido la casa, has llevando tu risa a cada rincón.

Te acercas con curiosidad a tu hermano mientras hace la tarea, le robas los lápices y pintas de inocencia sus cuadernos.

Abrazas con emoción tus muñecos y los llenas de besos, una pequeña rana verde y un caballito azul.

Hoy me he llenado de alegría al llegar a casa, he escuchado tus gritos a tu hermano avisándole que he llegado. Te he abrazado y tu nos has abrazado a ambos.

Pequeñitas manos, descansa, que yo velaré tus sueños.

Por alguna extraña razón nos amaneció temprano, es uno de esos días donde parece que a todos se nos fue el sueño. Así que a las 5:30 ya estábamos levantados haciendo nada, fue una mañana fría y de mucho viento. Aprovechando que teníamos tiempo, pues que mejor que un cafecito y ¡zas! en ese momento que se va la luz.

¿qué paso?

En es momento fue todo un caos, primero para localizar la maldita lámpara que siempre está ahí menos cuando uno la necesita. Los madrazos al golpearnos las rodillas en la silla mientras busca uno los cerillos, luego las velas, ¿dónde deje las malditas velas?

Nunca encontramos las velas así que mi esposa encendió las velas de un arreglo de mesa que tenía. Así que andábamos con el arreglo para aquí y para allá.

Pues el tiempo corre, y la escuela es la escuela, así que cambiar niños en la oscuridad es toda una experiencia. No digamos los pañales de la más pequeñita.

Así con vela en mano tratamos de salir adelante.

¿donde dejaste la mochila? A buscarla con el arreglo de mesa en la mano. ¿guardaste la tarea? Con la vela para otro lado. ¿la plancha no funciona? Pues así, ni modo. ¿hay que sacar la basura? No veo nada. ¿está rozada?¿la pomada donde la dejé?

Hoy todo fue un desastre. Del café ni nos acordamos……. ¡creo que dejamos la estufa prendida!

Desde que tengo memoria, Noviembre siempre ha servido para contar hacia atrás. Cada año mi Papá nos llevaba de vacaciones a Yucatán. Las preguntas obligadas de cada día eran: ¿cuantos días faltan para las vacaciones?¿cuando nos vamos?

Recuerdo muy vagamente el largo viaje. Dormíamos toda la noche en el autobús y al despertar estábamos en un lugar diferente: Mérida. Todavía teníamos que esperar unas 3 horas para llegar a nuestro destino, las cuales aprovechábamos para estirar las piernas y volver a preguntar: ¿ya mero llegamos?

Al llegar a nuestro destino nos recibía toda la familia, mi abuelita, mis tías y tíos. Todo era felicidad, había mucha alegría y abrazos. Era un mundo totalmente diferente, como no le he encontrado jamás. Era un mundo de sonrisas y de juegos.

Teníamos un patio gigantesco donde correr y muchos árboles por conquistar.

Jugábamos trompo, a las escondidas, comprábamos dulces diferentes y aprendíamos las diferencias en el lenguaje. Por ejemplo, a las navajas de rasurar les llamaban “filos”, así que siempre era el mismo cuento.

-Papa, me dice el señor de la tienda que no tienen navajas de rasurar.

-¿cómo no van a tener?

-¿que quieres comprar? – interrumpía alguno de mis tíos.

-Navajas de rasurar

-aaaah, “filos”, dile al señor de la tienda que quieres un “filo”.

De esta manera tengo todavía en mi mente el silbato del tren que a lo lejos anuncia el final del día. El fresco de las tardes, el olor a pan.

El sonido de las aves al comenzar el día…

Es noviembre ya y las hojas han empezado a caer. Es tiempo de contar hacía atras, por lo pronto mi pequeño me pregunta: ¿falta mucho Papá?

Ayer ya muy noche, me asomé a ver las estrellas. Las extrañaba mucho.

Cuesta trabajo ver las estrellas, Monterrey es una ciudad de mucha luz, solo aquellas que más brillan destacan en la oscuridad. La noche era clara, sin viento y fría. Es raro, pero recuerdo que antes el cielo era exclusivamente de ellas, ahora veo pasar avión tras avión con sus luces parpadeantes, satélites que se mueven sutilmente en el firmamento.

Es difícil de imaginar pero crecí en un pequeño pueblo donde la mayoría de las cosas se hacía al aire libre. Muchas fiestas hasta el amanecer fueron bajo las estrellas, cada noche durante muchos años siempre me acompañaron. Incluso al ver una película estaban ahí. Nuestro cine no tenía techo, teníamos que esperar a que anocheciera.

Por la madrugada cuando todo terminaba regresábamos caminando a casa entre risa y risa, broma y broma. Poco a poco nos íbamos separando, se iban quedando por el camino hasta que me quedaba solo, era el que caminaba un poco más. Las calles estaba vacías, todo era silencio. Podía escuchar el ruido de mis propios pasos. Los árboles gigantes proyectaban sus sombras sobre la calle, algunos perros ladraban en la distancia. Algunas veces un viento fresco seguía mis pasos, hacía sonar las hojas de los árboles y me arrullaba. Mientras caminaba, miraba el cielo y me maravillaba ver tantas estrellas, algunas eran chiquitas, otras grandotas, algunas titilaban queriendo llamar mi atención, formaban figuras fantásticas. Platicaba con ellas, pensaba con ellas, les compartía mis alegrías y mis penas. Reían.

Cuando era un niño todavía, y tenía que madrugar, mi Papá siempre estaba listo para decirme:

-Mira, ese es el lucero de la mañana.

Desde aquel entonces siempre las he tenido a mi lado, por sobre de mí. En circunstancias distintas, en lugares distintos.

Pero, es muy tarde ya, tengo sueño. Adentro mi familia descansa ya plácidamente y me espera.

ZopilotitoCuando tenía 10 años, a la 1 de la tarde sin falta me tocaba ir por las tortillas. Tenía que caminar una cuadra y meterme en ese mar de gente que sin hacer fila se amontonaba en el mostrador. Me colaba por entre la gente para poder llegar al mostrador.

“1 kilo de tortillas, doña Chona, 1 kilo de tortillas”

Gritaba hasta el cansancio, una y otra vez hasta hacerme notar. Cuando me lo entregaban corría lo más rápido que pudiera, un kilo de tortillas calientes en mis pequeñas manos lo requería.

En la esquina de la tortillería vivía un señor que por las noches vendía panuchos y taquitos en el mercado. Recuerdo una vez que al pasar de ida por las tortillas, el señor con resortera en mano tumbaba un zopilote en el patio de su casa. ¡POC! Y el zopilote cayo. Aletaba todavía con fuerza mientras el señor lo tomaba de las patas. Pensaba que seguramente quería asustarlos.

De regreso, ya con mi kilo de tortillas caliente en las manos, el señor metía al zopilote en agua caliente y lo desplumaba. ¡se lo va a comer!¡lo va a hacer taquitos y panuchos! Pensaba.

No quiero ni pensar cuantas personas cenaron ese día taquitos de zopilote ni cuantas veces más lo volvió a hacer.

Pasaron mucho años antes de que olvidara esta historia y me atreviera a comer taquitos. A estas alturas del partido sabrá Dios cuantos animales diferentes me he comido.

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