Cuando era niño todas las tardes nos reuníamos en la calle enfrente de mi casa para jugar trompo. Era una juego bastante sencillo. Para comenzar pintábamos una raya y todos lanzábamos el trompo, el que cayera más lejos de la raya ponía su trompo en el suelo, entonces todos los demás teníamos que bailar el trompo y cada vez que lo hiciéramos debíamos pegarle al trompo que estaba en el suelo. El objetivo era sencillo, debíamos empujar el trompo en el suelo a punta de golpes unos 100 metros sobre la calle. Si al bailar el trompo nó podías pegarle al del suelo entonces el tuyo lo sustituía.

Nuestra calle no tenía pavimento, así que transportábamos el trompo a través de la calle, por encima y a través de charcos, de piedras, hierbas y lodo. Teníamos los dedos llenos de ampollas de tanto lanzarlo y una sonrisa que nadie nunca nos pudo robar. A nadie le importaban las caricaturas en la televisión, jugar al trompo era mucho más divertido. Todos los días sin falta después de comer estábamos ahí. Llenos de alegría, entusiasmo y emoción. Jugábamos bajo el sol, bajo la lluvia, por las noches, todo el sábado y los domingos después de ir a misa. A veces éramos 2, otras veces 5, 10 o más.

Solo uno perdía, y era al que le había tocado tener su trompo en el suelo al llegar a la meta. Si la apuesta era inocente, el trompo perdedor recibía 10 o 5 toches, los cuales consistían en dar golpes ligeros con la punta de nuestros trompos sobre el trompo perdedor. Si la apuesta era grande, entonces el trompo era destruido usando diferentes métodos, desde piedras hasta toches salvajes que arrancaban grandes pedazos de madera. Era una tristeza perder, llorabas a más no poder con el orgullo por los suelos y el trompo destrozado.

Al día siguiente otra vez estabas ahí al pié del cañón, presumiendo un reluciente trompo nuevo.