Cada sábado sin falta, tal vez a las 4 o 5 de la mañana, mientras aún la luna brillaba nos levantábamos. Me montaba en la parte trasera de la bicicleta, sobre la parrilla, casi dormido. Mi Papa pedaleaba hasta casa de mi Abuelita a 5 o 6 cuadras de la casa. Todavía puedo sentir el silencio de las calles, el ladrar de los perros.
Mi Abuelita sin falta ya se había levantado, nos sentábamos al lado del fuego recién encendido y tomábamos café en una jícara, a veces con un pan a veces con una tortilla recalentada.Tenía que recoger mi machete colocado el fin de semana anterior entre los bajareques de la cocina. Llenaba de agua fresca la garrafa que nos acompañaría durante el día.De casa de mi Abuelita caminábamos todavía más, tal vez 6 o 7 cuadras, esta vez ya sobre la tierra roja de las calles sin pavimentar hasta llegar al inicio del cerro.La neblina lo cubría todo.Todavía recuerdo, cada paso, el fresco frío de la mañana, el sonido de mi respiración. Tendría 10 u 11 años. En mi morral cargaba la torta que Mamá me había preparado antes de salir de casa. Sobre mi cuello: mi resortera. De hule azul y madera perfecta.Subíamos poco a poco. Las luz era tenue. Apenas se podía ver a través de los árboles. Mis pies resbalaban sobre las piedras cubiertas de humedad. Aquí y allá aparecían pequeñas certenejas llenas de agua a las que prestaba mucha atención. A veces las revisaba una por una con el afán de encontrar una tortuguita.En lo alto del primer cerro se encontraba la cruz donde religiosamente depositaba las piedritas que había recogido por el camino como me había enseñado mi Padre. A cambio de la ofrenda se pediría descanso.Cruzando el primer cerro de repente el paisaje se transformaba. La vereda era de tierra. Sobre ella se veía muchas huellas:-Por aquí paso un venado – decía mi Papa.-Una culebra, ten cuidado - decía a veces.-Una codorniz.La caminata duraba media hora hasta llegar a la Milpa. Nuestra milpa. La tierra estaba húmeda, todo lo que pisábamos estaba húmedo. Las hierbas altas llenas de humedad me daban miedo.A esa hora, la neblina empezaba a desaparecer y los rayos del sol tímidamente cubrían la tierra. Comenzaba nuestra jornada de trabajo.

